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  • Publicación de la entrada:12 junio, 2020
  • Categoría de la entrada:Relatos
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Relato corto sobre el viaje, que narra la necesidad de que los viajeros de continuar el camino. También intenta mostrar la determinación de ella, una figura de inspiración para su compañero de viaje.

La inmensidad de aquel lugar sobrecogía el corazón de cualquiera. Un prado inmenso, salpicado solo de unos pocos árboles. Frente a nosotros, el cráter del Ngorongoro se alzaba imponente, escondiendo dentro de sus muros antílopes, cebras, elefantes y todo tipo de plantas. Pareciera como si la propia naturaleza quisiera proteger ese salvaje equilibrio, oculto a la mirada ignorante del hombre, que tan afanosamente se empeña en transformarlo todo.

Ella guardaba silencio a mi lado. Habían sido muchos meses de viaje y África no era un territorio que dejara indiferente a nadie. Por ello, decidimos seguir.

¿En qué debía estar pensando? Seguramente en nada. Tenía la asombrosa capacidad de vaciar su interior para fusionarse con el presente que la rodeaba, de manera tranquila, haciéndose una con los árboles, los animales, incluso con la atmósfera que reinara en aquel momento.

De repente suspiró, interrumpiendo la paz que la envolvía, esa paz que ya había hecho mía. No dijo nada, no hizo falta. Ese breve gesto marcaba el final de algo: la pausa de nuestro viaje había terminado. Admiraba eso de ella. Yo podía maravillarme, perdiendo la noción del tiempo, de todo cuanto me rodeaba, centrando mi atención en todos los pequeños detalles que componían el paisaje. La suya era una visión mucho más amplia. Podía, con solo un vistazo, entender el funcionamiento y equilibrio de todos los mundos que habíamos conocido, aunque eso no le generaba ningún apego. Era consciente de la impermanencia de todo. Por mucho que un determinado paisaje le fascinara, nunca podría retenerlo. Las fotografías solo plasman unos cuantos rayos de luz, no las sensaciones o pensamientos que le evocan a uno los sonidos y olores. Tampoco los recuerdos, que con el paso de los años se van difuminando y, en la mayoría de casos, idealizando. No, el momento presente era para saborearlo, rápido, y pasar a otra cosa, con la misma velocidad que cambia el mundo y la vida. Era la gran verdad sobre el viaje que habíamos descubierto: aunque volviéramos atrás, nunca visitaríamos el mismo lugar dos veces. Ella era igual, como un paisaje. Podías entender su forma externa, pero en cada momento, dependiendo de la luz, la atmósfera, era de colores diferentes. Tenía días nublados, grises, encerrada en sí misma, fruto de la reflexión que la empujaba a crecer. Otros días brillaba, iluminando a todo cuanto la envolvía, y eso me incluía. ¿La quería? Querer es una palabra que no puede abarcar lo que yo sentía por ella. ¿Se puede querer a una puesta de Sol, a un amanecer? No. Simplemente podía estar agradecido por compartir con ella aquella parte del camino, difuminado y disperso, que guiaba nuestros pasos hacia ningún lugar en concreto. Por eso viajábamos, esa era la única verdad que nos acompañaba siempre: no existía un destino o un lugar al que llegar o regresar.

Nuestro empeño solo nos empujaba hacia el horizonte, única meta a perseguir y hogar de aquellos que, como nosotros, se negaban a conformarse con las etiquetas cansadas de este mundo en desuso.

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